Adolescentes en casa

Para empezar a hablar del tema sería muy útil tratar de no esquivar nuestra memoria.

Todos, absolutamente todos los adultos fuimos adolescentes y decir que las épocas han cambiado no justifica dejar la memoria arrinconada.

Y a diferencia de la niñez, que también todos transitamos, los recuerdos de la adolescencia son más sólidos y propios, no invadido por los relatos de los padres, tíos o abuelos, son recuerdos genuinos, y en todo caso, sólo enriquecidos por nuestra evocación.

Debemos comenzar entendiendo que los adolescentes están en plena etapa de intentar consolidar su propia identidad y que en ese proceso, tratan por todos los medios de diferenciarse de los adultos que los formaron: los padres, los docentes, la familia en general.

Se sienten cómodos y buscan estar entre iguales, entre su misma sintonía. Por eso buscan ir de vacaciones a lugares donde estén sus amigos, si aún son muy jóvenes para vacacionar solos, las salidas con padres son poco o nada deseadas, los eventos culturales son los de la propia tribu urbana, cultural o social.

Cuando esto empieza a emerger en una familia hay padres que optan por acercarse como “amigos”. Pero descuidan que nunca lo serán, y lo que es más importante no lo deben ser. Los amigos son los que eligen los hijos, el padre o la madre, tienen que ser eso, padre o madre. Si los padres se transforman en “amigos”, esos hijos dejan de tener padres. Es una pena, porque es lo que necesitan, tanto o más que antes, a sus padres y a sus límites.

Necesitan padres que abran el diálogo, que no pregunten interrogatorios cerrados del tipos, “a dónde fuiste”, “con quién fuiste”, “cuando volvés”, o “Que estás haciendo”.

Necesitan construir puentes en esa relación con preguntas abiertas, como “Cómo fue tu día”, “cómo lo pasaron” “qué resultó de ese tema que tanto te preocupaba”, mostrar interés y no control, por el control mismo.

El control sólo genera que las barreras se levanten y se corte el diálogo, lo viven como persecutorio.  Apagan los teléfonos y no responden. Nos dejan fuera.

Creen espacios para el intercambio de ideas y de conversación. Cenen sin el televisor encendido, dejen los teléfonos en una mesa auxiliar, salgan a caminar, hagan una actividad en forma conjunta al menos una vez por semana y siempre, siempre hablen.

Pero sobre todo ESCUCHEN, después pueden bajar línea y dar su opinión, pero siempre antes ESCUCHEN. Si los hijos perciben la escucha abierta y sincera, tenderán naturalmente a ser más abiertos, más claros y ese mundo cerrado adolescente podrá tener algunos claros que dejaran saber a esos padres dónde y cómo están sus hijos.

Es verdad que resulta útil conocer a los amigos, a las familias de los amigos y siempre es bueno que la casa esté abierta a recibirlos. Recibir a los amigos en casa da mucha información, siempre respetando el espacio de los hijos.

La prohibición solo refuerza el deseo de lo prohibido. Todos los adultos deberíamos aprender este enunciado como un mantra. Entender que siempre lo que se prohíbe se transforma en deseo puro, porque la rivalidad y la confrontación está en el ADN de la adolescencia.

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